HistoriaReseña Histórica

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Fiesta de Interés Turístico

Cuando llegan los primeros días se septiembre Medina del Campo (Valladolid) celebra sus Encierros Tradicionales, declarados Fiestas de Interés Turístico Nacional. La antigüedad de estos festejos taurinos, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, sirven de excusa para que cada año más de 20.000 personas se concentren en la villa de las ferias. La celebración coincide con las Ferias y Fiestas de San Antolín.

Los encierros, a pie y a caballo, a campo abierto y por el corazón urbano de la ciudad, forman parte del sentir y de la tradición popular de este pueblo. De hecho existen numerosas peñas taurinas e incluso una asociación, que capitanea la organización del festejo. Cada encierro -suelen ser seis- se prolonga durante algo más de una hora en el campo, para discurrir por la ciudad durante unos treinta minutos.

Fechas

Del 2 de septiembre al 8 de septiembre

En el San Antolín de 1949 se inauguró la primera Plaza de Toros realizada toda ella de fábrica, en ladrillo castellano, según proyecto y dirección del entonces Arquitecto municipal don Dacio Pinilla, pro encargo y a costa de su propietario el vecino medinés don Manuel Casares Ramos; en el presente la Plaza de Toros es de propiedad municipal, y está siendo reformada en profundidad por el Municipio medinense.

Años después de inaugurada la citada Plaza de Toros, sita en el entronque de los cordeles de las seculares Cañadas Reales de Extremadura y Salamanca, volvieron a reimplantarse los típicos "encierros de novillos" desde el campo, cuyos itinerarios fueron variando a través de los años; primeramente salieron los novillos desde el prado de Martinache o el de la Golosa, y alguna vez, años ha, desde la municipal "Dehesa de Abajo" y hasta los años veinte llegaba el "encierro" a través de las Tudas y la calle del Costado del Hospital, y, ya en plenos años veinte lo hacían por la Cañada de Extremadura, bordeando la carretera del Balneario de Las Salinas y por la calle de Malena (Magdalena antes) para desembocar, siempre en ambos recorridos, en la Avenida de Portugal, antes Arrabal de Salamanca para luego entrar por la calle de Salamanca, actual de Gamazo y penetrando en la Plaza Mayor de la Villa por el Arco.

Los prados donde solían pastar los "novillos" contratados por el Ayuntamiento medinés en el pasado siglo XIX y los que van de éste hasta 1936, fueron los de "las Navas", "Tovar", "la Golosa", "el Martinache", así como también, a veces en la municipal Dehesa de Abajo, y últimamente también en los propios Apriscos de esta Dehesa, y antes de su construcción en los años sesenta con fondos de la llamada "Ayuda Americana", pastaban los novillos bravos en la parte libre y más alejada del caso urbano de la citada Dehesa de Abajo.

En los últimos años, al volver por clamor popular los "tradicionales y típicos encierros", el itinerario de entrada de los ganados bravos, ha venido siendo DESDE EL CAMPO MEDINENSE (prados del Martinache y de la Golosa) HASTA LA CALLE DE CARRERA, primer tramo de la de ARTILLERÍA, AVENIDA DE PROTUGAL hasta LA PLAZA DE TOROS, bajo la protección para el público asistente y guía del ganado, de unas vallas metálicas instaladas en el recorrido urbano que hemos especificado últimamente.

En toda esta Comarca de la llamada "Tierra de Medina" y sus aledaños, coincidiendo siempre con sus respectivas festividades patronales, también se vienen celebrando festejos taurinos, sustancialmente análogos a los de Medina del Campo, teniendo especial relieve e importancia, los que se celebran en las localidades de Rueda, Nava del Rey, La Seca, Ataquines, Madrigal de las Altas Torres, etc.

Con estos escuetos datos, creemos poder finalizar este tema medinense relativo a los diferentes festejos taurinos celebrados en el transcurrir de los tiempos, así como su reflejo y repercusión en la importantísima Historia de la Muy Noble, Leal y Coronada Villa de Medina del Campo, y esperamos con ello, haber fijado una serie de datos recogidos en el valioso Archivo Municipal (Libros de Acuerdos), así como otros que proceden de la tradición oral de nuestros antecesores y de la infancia y juventud así como de la madurez del que esto escribe en el un tanto rápido discurrir de su setenta y seis años de vida transcurrida, sin faltar ninguno, en su amada Villa natal. Laus Deo.

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